martes, 12 de julio de 2011

El día que pude ver martillos andantes.


Llevo unos días esta semana en el que cada uno de ellos  supera al anterior.  Dentro de ellos miro más incrédula las noticias, leo diversos artículos machacantes, espeluznantes, surrealistas si viviésemos en otra época. Días en los que ya no sabes dónde quedó plasmado el significado de la palabra democracia.

Empieza a salir a la luz el mundo de fantasía donde vivíamos, como un cuento de hadas donde los personajes visten trajes de corbata y zapatos bien pulidos, protagonistas escondidos en la sombra  manejando palabras e historias a su antojo, como pequeños dictadores  que matan a gente de forma tan lenta como dulce, pues el sabor del poder debe ser tan agradable al paladar como para perder durante el desarrollo del cuento, el fin o la moraleja de la historia.

Seamos positivos, cierto es que todo cuento tiene un final feliz, pero la pregunta es si ese final será para ellos o para los protagonistas secundarios de esta historieta, que sin hacer grandes cambios en nuestras vidas, nos han salpicado las consecuencias del manejo inmoral que han realizado “los que representan”  nuestros bienes, nuestras condiciones y nuestra cultura.

Hablan de cantidades con tantos ceros que pierdo la cuenta, cantidades que no llego a entender si realmente existían de forma física.  Hablan de dinero que se ha prestado y se ha gastado sin mesura, dejando atrás los valores que nos enseñan, gastando por encima de nuestras posibilidades sin llegar a pensar que quizás esa cantidad no vaya a poder ser pagada jamás, pero no importa, debían tener algún tipo de máquina que fabricaba billetes sin darse cuenta que el papel caducaba a los 5 años.

Esto ya empieza a preocuparme, porque sí que es cierto que no puedo hablar de un campo del cual no tengo un criterio fiable, pues yo no soy profesional de la economía. Pero si puedo hablar de los cimientos de esta gente, que ha perdido muchos valores por el camino, quizás encandilados por el brillo o el propio olor del poder.

Me quejo de que en mi país falta fomentar una educación para enseñar a emprender y que pueda crecer una persona interior y profesionalmente, y sin embargo no me había dado cuenta de que eso es realmente lo que quieren, que no pensemos, que sigamos como borregos lo que nos digan, nos enseñan a odiar al que no piensa como tú (haciéndote creer que piensas por ti mismo). Pues me van a perdonar, pero yo pienso seguir confiando en la educación de los valores, en el afán de superación y en el control justo y real de mi dinero. Pues sigo teniendo fe en el final feliz del cuento, aunque los malos sean como martillos andantes formando un ejército por y para el fin de poder gobernarnos  y ser manejados a su antojo.

martes, 5 de julio de 2011

Pedir perdón

A veces tengo la sensación de que tengo que pedir perdón por no haber estudiado medicina, por no ser el modelo a seguir.
Pedir perdón por haber tenido que abrirme un camino sola, observado que no respaldado, sin tener ayuda.
Pedir perdón por ser la última, por venir tarde o incluso por haber venido.
Pedir perdón por pedir, por no pedir, o por pensar en hacerlo.
Pedir perdón por haberme equivocado en hacer lo que me decias que hiciese, echarme la culpa a mi y sentirme culpable por ello.
Pedir perdón por no pedirte ayuda, o por pedirla y reirte de mi cuando lo he hecho.
Pedir perdón por no gritarte, por no decirte cuanto puedo odiarte a veces y matarme por dentro sabiendo que te quiero.
Pedir perdón por no ser un orgullo ni para ti ni según tú, para nadie.

Estoy harta de seguir con este peso encima, harta de seguir culpandome, harta de buscar una cima que nunca será lo suficiente alta para tí, harta de pedir una y otra vez perdón, porque haga lo que haga nunca estaré en la pole, siempre seré la eterna nº4.

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